En mi familia la segunda guerra mundial significó, como en muchas otras, la muerte, separación y pérdida de contacto de muchos de sus miembros.
Mi abuela paterna, Henny Lorenz, se había separado ya en Alemania de su primer marido Max Gabel, el padre de mi papá y se había vuelto a casar con Erwin Broder cuando mi papá contaba solamente con 4 años.
Ella era abogada y trabajaba en un estudio con un amigo y colega que no era judío. En los años 30 había procesado a un Nazi por un crimen y al ser declarado culpable, este hombre pasó un año en prisión. En el año 1936, al ser liberado demandó a mi abuela por falsa acusación y esta fue llamada a comparecer a Berlín. Su amigo y colega le advirtió que si ella se presentaba no iba a volver jamás.
En el término de 24 horas, ella, su marido y mi papá huyeron con una visa de turistas para Montevideo dejando atrás al resto de la familia y a todas sus pertenencias. Lo único que trajo mi abuela de Alemania fue un baúl cargado de libros que consideró indispensable, dejando cosas que hubiesen sido de más utilidad ya que cuando llegaron a Uruguay no tenían nada. Solamente sus padres, mis bisabuelos, supieron a dónde habían huido.
Mi papá nunca volvió a ver a su verdadero padre y cuando al cabo de un año, debido a un incidente ocurrido en Uruguay debieron cruzar la frontera y venir a la argentina, ocurrió un hecho que separó aun más a la familia y a su posibilidad de reencontrarse.Como mi papá, Gerd Gabel, era menor para ese entonces, no tenía pasaporte propio. Él estaba incluido en el pasaporte de mi abuela que como estaba casada con Erwin se llamaba Henny Broder, geboren (nacida) Lorenz. El vista de aduana no tuvo mejor idea que preguntarle a mi papá qué apellido quería adoptar y como vivía con Erwin y tal vez fuese más fácil para él ser el hijo de una familia constituida que dar explicaciones en esa época, dijo Broder. Desde ese momento en Argentina se comenzó a llamar Gerd Broder de hecho, pero no así por derecho. Años más tarde hizo los papeles para cambiar su apellido legalmente y entonces llevó por siempre el que es también mi apellido, heredado de la persona que para mí fue mi abuelo, Erwin Broder.
Si bien en los primeros años mi papá mantuvo correspondencia con su verdadero padre que en 1938 había inmigrado a USA, con el tiempo esta se fue espaciando hasta que perdieron contacto. Mi papá siguió escribiéndole por un tiempo, pero al no recibir contestación también abandonó la partida. Siempre se preguntó por qué de pronto su padre decidió no escribirle más, una duda que lo acosó hasta que ya era un hombre grande, abuelo de 3 nietos.Una tarde (sería el año 1994), estando yo en su casa, sonó el teléfono y una mujer que hablaba inglés me preguntó si esa era la casa de la familia Broder. Cuando le contesté que sí me dijo que hablaba de Estados Unidos y que quería saber si allí vivía una persona llamada Gerd Broder. La conversación era tensa ya que ella se notaba muy nerviosa y a su vez me ponía nerviosa a mí porque que no tenía idea de quién hablaba. Cuando se lo pregunté ella me dijo que pensaba que era la hermana de mi papá. Ante mi sorpresa le dije que estaba hablando con la hija de Gerd y ella me preguntó si el padre de Gerd se llamaba Max Gabel. Si bien yo sabía porque en algún momento y tras preguntar varias veces quién era ese señor que aparecía reiteradamente en las fotos de la infancia de mi papá, me lo habían dicho, para ese momento es como que me había olvidado. Algo hizo clic en mi cabeza cuando ella lo nombró, pero tuve que confirmarlo con mi papá que caminaba nervioso por su living debido a lo raro de mi conversación. El no hablaba inglés, pero algo iba entendiendo y sospechando. Cuando le pregunté si Max Gabel era su papá, asintió y me preguntó a su vez: ¿vive?
Lamentablemente ya no vivía, y fue cuando Max estaba muriendo que Bebe, la medio hermana de mi papá, empezó a descubrir que tenía un hermano.
Bebe, tiene un hijo llamado Gady y cuando Max estaba en su lecho de muerte comenzó a llamar” Gerdy, Gerdy”. Bebe creyó que su padre quería ver al nieto sin saber que en realidad estaba llamando a su hijo.
Después de las muertes de su padre y de su madre, Bebe encontró en el armario un montón de cartas de Gerd desde Argentina dirigidas a Max. Una prima que sabía alemán le ayudó a descifrar las cartas y con la poca información que tenía ella, y los pocos recuerdos que tenía su familia de Gerd, llamó al consulado argentino en Nueva York explicando que estaba buscando a su hermano que supuestamente vivía en Argentina. Alguien había recordado que mi abuela se había casado con un tal Broder, por lo tanto decidió buscar por ese lado ya que como Gabel no había contactos.
Media hora más tarde el consulado le facilitó la dirección y el teléfono de mi papá y por las dudas le pusieron un traductor de español que no hizo falta ya que en cuanto la comuniqué con Gerd, aun con su limitado inglés, se entendieron.
Al poco tiempo Bebe viajó hacia Argentina para ver a su hermano y encontró, según sus palabras, un clon de su papá. Lo que sintió fue “tan inquietante y tan hermoso”, dijo. Mi papá vivió solamente cuatro años más. En ese tiempo Bebe viajó varias veces a Buenos Aires y se quisieron y entendieron como si hubiesen crecido juntos. Cuando le avisé que mi papá se estaba muriendo de cáncer, Bebe viajó nuevamente junto a su hijo Gady para estar junto a él. Pasó esa última semana a su lado, su muerte fue una enorme pérdida para ella, un tremendo dolor.
Ella le contó a Gerd que su padre estaba tan devastado por la pérdida de su hijo que nunca volvió a hablar de eso, nunca. Durante años le escribió cartas que no obtuvieron respuesta. Hasta que un día perdió el contacto completamente. Cuando Bebe veía fotos de mi papá de pequeño con el suyo le decían que era un sobrino, alguien que había quedado en Alemania.
Descubrimos que mi abuela Henny, nunca sabremos por qué causa, le ocultó metódicamente las cartas que le llegaban de su padre, lo separó de su historia, lo alejó, para siempre de su identidad.
Barbara, Bebe, le trajo algo de regreso, aunque nunca pudiese llenar el vacío de tantos años de preguntas sin respuestas, de saberse abandonado sin razón.Mi papá amó a Erwin como si fuera su padre biológico y Erwin lo adoró con todo su corazón. Mi papá no abandonó a sus padres jamás, estuvo junto a ellos todos los días hasta el último día de sus vidas. Siempre llamó “viejo” a Erwin, de hecho fue su “viejo” durante 67 años.
Como Max, él tampoco volvió a hablar de su pasado hasta que descubrió que existía Bebe, por lo menos supo que su papá lo amó y extrañó hasta el último día de su vida.

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